Cerebro, corazón y Emoenergía: cómo se relacionan nuestras emociones

Por el Dr. Néstor Braidot

 Cada 29 de septiembre, el Día Mundial del Corazón nos invita a dirigir la atención hacia uno de los órganos más extraordinarios de nuestro cuerpo.

Durante siglos hemos hablado del cerebro como territorio de la razón y del corazón como territorio de las emociones. Sin embargo, hoy sabemos que esa separación es demasiado simple.

Cerebro, corazón y organismo mantienen una comunicación permanente.

Una preocupación puede acelerar nuestros latidos. Una situación de estrés puede modificar la respiración y aumentar la tensión muscular. Un recuerdo puede provocar una respuesta corporal aun cuando aquello que lo originó ocurrió hace mucho tiempo.

El corazón no piensa como el cerebro ni posee una mente independiente. Pero tampoco funciona aislado de nuestra experiencia emocional. El sistema nervioso autónomo, las hormonas, la respiración y las señales que viajan desde el organismo hacia el cerebro forman parte de esta conversación.

El diálogo entre cerebro y corazón

La comunicación funciona en ambas direcciones.

El cerebro participa en la regulación cardiovascular y, al mismo tiempo, recibe información procedente del corazón y de los vasos sanguíneos que utiliza para interpretar el estado del organismo.

Podemos comprobarlo en nuestra propia experiencia.

Piensa en una conversación difícil que ocurrió hace varios días. Quizás, al recordarla, vuelva cierta tensión. Anticipa una situación que te preocupa y probablemente notes cambios en tu respiración o en tu cuerpo.

El acontecimiento no está ocurriendo ahora, pero el organismo puede responder a la manera en que el cerebro lo recuerda o lo anticipa.

Esto no significa que enfermemos por «pensar mal» ni que podamos sanar simplemente deseándolo. La relación entre emociones y salud es mucho más compleja. Nuestra vida emocional puede influir en el descanso, las conductas, los vínculos y las respuestas fisiológicas asociadas al estrés, pero no sustituye la prevención ni la atención médica.

De la emoción a la Emoenergía

Dentro de mi trabajo en Neurocuántica Aplicada, utilizo el concepto de Emoenergía para abordar otra dimensión de esta relación.

La defino como la capacidad de reconocer, regular y orientar nuestra activación emocional para convertirla en una fuerza organizada al servicio de la vida.

Cuando hablo aquí de energía, no me refiero a una fuerza misteriosa que una emoción proyecta hacia el exterior. Utilizo el concepto para describir cómo nuestros estados emocionales movilizan atención, respiración, postura, motivación y conducta.

Una emoción puede activarnos, pero no determina inevitablemente qué haremos con ella.

El miedo puede paralizarnos o prepararnos. La ira puede llevarnos a reaccionar impulsivamente o ayudarnos a reconocer que necesitamos establecer un límite. La tristeza puede aislarnos o mostrarnos que necesitamos pedir ayuda.

La emoción aporta información y activación. La consciencia puede aportar dirección.

Por eso, quizá la pregunta no debería ser únicamente: «¿Cómo dejo de sentir esto?»

Podríamos comenzar a preguntarnos: ¿Qué me está mostrando esta emoción? ¿Qué está ocurriendo en mi cuerpo? ¿Y qué respuesta quiero elegir?

Coherencia: cuando observar cambia nuestra respuesta

No siempre podemos elegir la primera emoción que aparece. Lo que sí podemos entrenar es nuestra capacidad para reconocerla antes de convertirla automáticamente en conducta.

Estímulo → interpretación → emoción → respuesta corporal → impulso → conducta.

La autoobservación introduce una posibilidad diferente:

Reconocer → regular → reinterpretar → elegir → actuar.

Aquí aparece otro concepto fundamental: coherencia.

Ser coherentes no significa permanecer siempre tranquilos, positivos o emocionalmente equilibrados. Significa aprender a orientar progresivamente lo que pensamos, sentimos y hacemos hacia una dirección compatible con nuestras necesidades, nuestros valores y nuestro bienestar.

Antes de reaccionar, escucha

La próxima vez que experimentes una emoción intensa, prueba algo sencillo. Antes de intentar cambiarla, detente unos segundos.

Observa tu respiración. Percibe la tensión de tu cuerpo. Reconoce la emoción. Pregúntate qué conducta está a punto de provocar.

Y después decide: ¿Quiero reaccionar desde ese estado o puedo elegir una respuesta diferente?

Entrenar la consciencia no significa controlar cada latido ni eliminar las emociones. Significa aprender a reconocer con mayor claridad la conversación que ocurre continuamente entre cerebro, cuerpo y corazón.

Porque cuidar el corazón no consiste únicamente en escucharlo cuando algo anda mal. También implica aprender a reconocerlo mientras vivimos.

La Emoenergía propone transformar emoción en consciencia, consciencia en elección y elección en cuidado.